VALOR Y UTILIDAD


En este ensayo intentaremos demostrar la proposición Todo lo que es valioso es útil, por medio del análisis y las relaciones de ambos términos.

Antes de entrar de lleno en el tema que nos ocupa, sería pertinente preguntarnos si lo útil es valioso. Considerando que todo lo que es útil es medio para conseguir un fin, podemos concluir que las cosas útiles son valiosas en tanto que valioso es el fin que queremos alcanzar, es decir, que tiene un valor no en sí, sino relativo al fin buscado. Pero la dificultad la encontramos cuando nos planteamos la utilidad de lo valioso. Sin lugar a dudas, la solución de una manera u otra de este problema depende en gran medida del significado que a valor demos.

Para definir valor en toda su extensión vamos a analizar no sólo lo que es, sino además cómo lo es. Nosotros pensamos que tiene valor todo aquello que perfecciona al hombre, es decir, que le ayuda a alcanzar su fin último, que es la felicidad. El valor de las cosas no es una especie de característica de su ser que objetivamente posee por el mero hecho de ser, sino que depende de quien lo estudie. Así, por ejemplo, un jarrón puede ser objeto de contemplación artística, y como tal tiene un determinado valor, o continente de un volumen de vino, en cuyo caso tiene otro valor distinto al primero, o arma con la que defenderse ante el ataque de un ladrón que quiere asaltar nuestra casa.

¿Cuál es, pues, el verdadero valor de mi jarrón? Todos, y ninguno. No existe, realmente, un verdadero valor en el jarrón, ya que no tiene una función definida e inamovible, reconocida por todos y eterna; si la tuviera, habríamos encontrado lo inmutable, lo que "es por sí", y tendríamos ante nosotros un jarrón-Dios. Por otro lado, sin embargo, el jarrón posee todos los valores que le he dado en cuanto que se los he dado yo, y los posee mientras esos valores sean considerados por mí como tales. Si no los tuviese, entonces sería falsa la existencia de valor en el jarrón, cosa necesariamente errónea, porque precisamente la afirmación que hemos hecho en la pregunta es que el valor es algo que existe (existe en cuanto que es una definición, y el ámbito de esa definición incluye cosas de existencia real. Por ello, por propia definición de valor, éste existe en algunos entes). Por tanto, el valor de las cosas es algo que sale de mi ser, es decir, se trata de una diferencia mental con que yo marco y distingo los diferentes entes. Así pues, las cosas no tienen un único valor; antes bien, poseen tantos como personas lo observen y mediten acerca de ello. Ahora bien: el valor otorgado por mí a un ente, si existe, es único, considerando éste bajo el mismo criterio de valoración, pues si no contradeciría el principio de no contradicción (una cosa no puede tener un valor y otro al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto).

Por otro lado, el término útil conlleva un matiz de pragmatismo. Es decir, un ente es útil cuando, subordinándose a un fin determinado, facilita la consecución de tal fin. Por tanto, vistas ya estas nociones, la pregunta antes planteada podría enunciarse así: ¿comporta el valor una utilidad en sí mismo?

Cuando observamos una obra de arte, y ésta es buena a nuestro juicio, podemos afirmar de ella que es valiosa. Pero no porque en una isla desierta nos sea útil para algo, sino porque juzgamos que cumple una misión muy importante en la sociedad -la producción de placer estético-. Un individuo podría argüir a esta afirmación al ver que en una isla desierta la obra no sería útil para comer, que su valor queda relegado a la función que cumple en el museo en que se halle, y que en otro lugar podría no tener valor. Y tal aseveración sería cierta, ya que la utilidad siempre tiene un contexto espaciotemporal, y lo que es útil en un determinado lugar puedo no serlo en otro distinto. Por ejemplo, un físico estudioso de la geometría hiperbólica del universo y el número de dimensiones que éste tiene, puede ser muy útil en nuestra sociedad para determinar así la posibilidad de viajes espaciales en los que se puedan tomar atajos, pero no sería tan útil en nuestra hipotética isla desierta, si no supiese, por ejemplo, pescar, porque su conocimiento no sería utilizable para alcanzar una mayor felicidad. Así, es esta felicidad quien rige la utilidad de una cosa, y se trata de la felicidad que me produce a mí, la cual puede variar ostensiblemente de unas personas a otras. Esto demuestra lo que intuitivamente decíamos antes: que la utilidad, como el valor, son relativas a quien las juzgue.

Hasta ahora, hemos demostrado que el valor es subjetivo, y que la utilidad está subordinada a la obtención de la felicidad, y que ambas son relativas. Entonces, para demostrar que todo lo valioso es útil, tenemos que demostrar que lo que es valioso, lo es por ser causa de felicidad.

Cuando decimos que una obra de arte posee cierto valor, lo decimos, en efecto, porque tiene una labor en la sociedad. La representación de la determinada visión del mundo que se tenía en un determinado momento. Pero al márgen de esto, la obra tiene otro valor distinto, que es el sentimiento que produce el arte en el individuo receptor de éste; un sentimiento de felicidad que le invade. Esto indica que el arte es útil porque ayuda a conseguir la felicidad de una sociedad. Se podría responder que hay personas que no sienten esa felicidad al contemplar una obra de arte, o al leer una novela, o escuchar una cierta composición musical. Pero aquí el problema no radica en la propia obra, si ésta es buena, sino en el receptor, que posee una aberración por la cual es incapaz de sentir el arte, y de que éste le produzca felicidad. Así pues, tal carencia es igual que la de un ciego que no puede observar los colores: no es que los colores no estén ahí, sino que la persona ciega no puedo verlos, y por ello los considera inexistentes. Se trata, por tanto, de una aberración real, una carencia. La utilidad de la obra de arte, pues, radica, precisamente, en que sirve de medio para causar felicidad, y ésta es a lo que aspira todo hombre, con lo cual es útil para su vida.

Después de este análisis sobre las características de valor y utilidad, y considerando que la utilidad que le damos a las cosas siempre se la damos porque las consideramos medios para alcanzar otros fines que se nos antojan buenos, y habiendo demostrado que lo valioso no lo es en sí mismo, sino que lo es en la medida que el observador lo juzgue, y que ese valor viene dado por la mayor o menor felicidad que nos cause el objeto valorado, creemos poder concluir que todo lo válido es, esencialmente, útil, ya que el concepto de utilidad está, como hemos demostrado, implicado en el de valor, así como también sucede recíprocamente. Se trata, por tanto, de una identidad.

Por último queda explicar si existe, o no, una jerarquía de valores. Siendo los términos valor y utilidad equivalentes, como hemos demostrado, y siendo tanto uno como otro relativos, cabe decir que existe, en efecto, una jerarquía de valores. Pero se trata de una clasificación que es también relativa, y que depende del grado de valor/utilidad que le demos nosotros a las cosas. Así, quizás para mí tenga más valor un cuadro que un martillo, porque me causa mucha más felicidad la contemplación del primero que el uso del segundo, pero lo más probable es que para un carpintero sea a la inversa, pues el martillo es lo que le proporciona los medios para vivir, mientras que el placer obtenido al observar el cuadro sea pequeño. Así pues, los valores se jerarquizan según unos grados, sí, que tienen existencia en la mente de cada persona, pero que a la vez son diferentes para cada ser humano, dependientes de su criterio, siendo todos ellos tan válidos como falsos, pues el valor es un atributo dado por el hombre, y junto con el hombre, es efímero.


(C) Carlos B.

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